miércoles, 1 de abril de 2009

¿Cómo reconocer a una bruja?



-Y yo, ¿apesto?
-Para mí no -contestó mi abuela-. Para mí hueles a fresas con nata. Pero, para una bruja tu olor es asqueroso.
-¿A qué huelo? -pregunté.
-A caca de perro -respondió mi abuela.
-¡A caca de perro! -grité, ofuscado-. ¡No es cierto!
-Aún hay más -añadió mi abuela con una pizca de malicia-. Para una bruja, tú hueles a caca de perro humeante.
-¡Eso es súper-falso! -exclamé-. ¡Yo no huelo a la caca de perro, eche humo o no!
-Está probado -dijo mi abuela-. De nada sirve ponerse a discutir.
Estaba enrabietado. No llegaba a creerme lo que acababa de afirmar mi abuela.
-Si ves a una mujer tapándose la nariz cuando se cruce contigo por la calle -añadió-, lo más seguro es que se trate de una bruja.
-Venga, dime otro detalle para descubrir a una bruja -le pedí, queriendo cambiar de tema de conversación.
-Los ojos -dijo mi abuela-. Observa bien los ojos. Los ojos de una bruja son diferentes a los tuyos o a los míos. Si te fijas, la pupila de la gente es siempre negra. ¡La pupila de una bruja será siempre coloreada, y en ella verás agitarse llamas y cubitos de hielo! ¡Con eso basta para echarse a temblar!
Mi abuela, satisfecha, se hundió en el sofá y lanzó una bocanada con su pestífero cigarro. Yo estaba sentado a sus pies, mirándola fascinado. Ella no sonreía, parecía muy seria.
-¿Hay otros detalles? -pregunté.
-Por supuesto que sí -dijo mi abuela-. ¡Para mí que aún no has comprendido que las brujas no son verdaderas mujeres! Se parecen a las mujeres. Hablan como las mujeres. Actúan como las mujeres. ¡Pero no son mujeres! En realidad, son criaturas de otra especie, son demonios que se han disfrazado de mujeres. Por eso tienen garras, cráneos calvos, grandes apéndices nasales y ojos de hielo y fuego. Tienen que ocultar todo eso para hacer creer que se trata de mujeres.
-¿Hay otros trucos para desenmascararlas, abuela? -repetí.
-Los pies -dijo-. No tienen dedos en los pies.
-¡No tienen dedos en los pies! -exclamé-. ¿Y qué tienen en lugar de dedos en los pies?
-Nada -contestó mi abuela-. Tienen pies con la punta cuadrada, sin dedos.
-¿Andan con dificultad? -pregunté.
-Un poco -contestó mi abuela-. Los zapatos les dan algunos problemas. A todas las mujeres les gusta llevar zapatitos de punta fina; pero una bruja, cuyos pies son muy anchos y cuadrados, experimenta al calzarse un auténtico calvario.
-¿Por qué no usan cómodos zapatos de punta cuadrada?
-No se atreven -respondió mi abuela-. De la misma manera que ocultan su calvicie con el uso de pelucas, las brujas ocultan sus pies cuadrados gracias al empleo de bonitos zapatos de punta fina.
-Debe de ser muy incómodo para ellas -dije.






Diabólicas brujas. Roald Dahl
Imagen: MacBeth and the witches. Fuseli

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